La originalidad como objeto de la revolución

Por: Marina Kempny

Copio una reseña que me interesó mucho. El libro donde la leí es una recopilación de ensayos y reseñas de Jorge Luis Borges en la revista argentina “EL Hogar”, cuando escribía ahí entre 1936 y 1939.

 

La reseña es sobre un librito de Aldous Huxley. El comentario sobre las revoluciones y la guerra que hace Huxley (según algunas líneas citadas por Borges) me recordó un comentario sobre la “revolución” que alguien hizo una vez, no sé si en la facultad o dónde… Al fin, lo que tenemos registrado en la historia como revoluciones no son verdaderas “revoluciones”. La revolución en sí misma, aparentemente, sería algo totalmente distinto al motivo por el cual se origina. Quiero decir, la revolución como tal no vendría definida por la ideología o el objeto que persigue sino por sus formas, si no entendí mal en su momento. Un golpe de estado por ejemplo, qué revoluciona? Si es violencia contra violencia… levantarse en armas contra un poder no tendría entonces mucho sentido de revolución, puesto que no es “original”… esto puede llevar a pensar no solamente en cómo poner una bomba en la casa rosada sin ser tildados de poco creativos, sino también en cómo hacer para crear una purple cow  (seth godin) cada vez que haya que relanzar un producto, cada vez que haya que darle una vuelta de tuerca a un comunicado/discurso/concepto en la mente de la gente, cada vez que haya que generar un nuevo negocio, cada vez que se tenga que buscar nuevos caminos para ganar rentabilidad… en fin.

 

 

An Enciclopedia of Pacifism, de Aldous Huxley

 

Jorge Luis Borges

En aquella segunda división de la Anatomía de la melancolía – año 1621- que estudia los remedios contra ese mal, el autor enumera la contemplación de palacios, de ríos, de laberintos, de surtidores, de jardines zoológicos, de templos, de obeliscos, de mascaradas, de fuegos de artificio, de coronaciones y de batallas. Su candor nos divierte; en una lista de espectáculos saludables, nadie ahora incluiría el de una batalla. (Nadie, tampoco, dejó paradójicamente de embelesarse con la verosímil carga a la bayoneta del impetuoso film pacifista Sin novedad en el frente…).

En cada una de las ciento veintiocho páginas de esta apretada Enciclopedia del pacifismo, Huxley combate fríamente la guerra. Jamás incurre en la diatriba o en la mera elocuencia: las tentaciones sentimentales del argumento no existen para él. Como a Benda o a Shaw, el crimen de la guerra le indigna menos que la insensatez de la guerra, que la compleja imbecilidad de la guerra. Sus razonamientos son de tipo intelectual, no de tipo patético. Sin embargo, es demasiado inteligente para ocultar que el pacifismo predicado por él exige más valor que la mera obediencia de los soldados. Escribe <<Resistir sin violencia no quiere decir no hacer nada. Significa hacer el esfuerzo enorme que se requiere para vencer el mal con el bien. Ese esfuerzo no confía en músculos fuertes y en armamentos diabólicos: confía en el valor moral, en el dominio de sí mismo y en la conciencia inolvidable y tenaz de que no hay hombre en la tierra (por brutal, por personalmente hostil que sea) sin un fondo nativo de bondad, sin el amor de la justicia, sin un respeto por lo verdadero y lo bueno, que pueden ser alcanzados por todo aquel que use los medios adecuados>>.

Huxley es admirablemente imparcial. Los <<militaristas de izquierda>>, los partidiarios de la lucha de clases, no le parecen menos peligrosos que los fascistas. <<La eficacia militar –observa- requiere una concentración del poder, un grado sumo de centralización, la conscripción o la esclavitud al gobierno y el establecimiento de una idolatría local cuyo dios es la nación misma o un tirano semidivinizado. La defensa militar del socialismo contra el fascismo viene a ser, en la práctica, la transformación de la comunidad socialista en una comunidad fascista>>. Y luego: <<La revolución francesa recurrió a la violencia y terminó en una dictadura militar y en la imposición permanente de la conscripción o esclavitud militar. La revolución rusa recurrió a la violencia; Rusia, ahora, es una dictadura militar. Parece que una verdadera revolución –es decir, el pasaje de lo inhumano a lo humano- no se puede realizar por medios violentos>>.”

 

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